Comparaciones entre niños. No lo hagas, por favor.

Si hay algo que saca de sus casillas a todas las madres sin excepción, son las comparaciones.

Abuelas, vecinas, primas y demás seres del mundo, que sepáis que no hacéis ningún bien a la humanidad, cuando cogéis a alguien por banda y le contáis lo bien que come el niño, lo rápido que se puso de pie o cuando empezó a decir sus primeras palabras.

Que ya sé que no os cabe el orgullo dentro y tenéis que compartir tan valiosa información con el universo entero. Hasta ahí, vale. Pero vais quitando esa cara de superioridad que ponéis cuando el hijo de la incauta que habéis arrinconado, no es capaz de seguir a vuestro súper nieto/ sobrino/ahijado.

A ver, que quede claro; ¿voy yo por la calle y me paro ante una señora rellenita y le digo que yo estoy mucho más delgada? ¿Le pregunto yo a la cajera porque usa la calculadora, si mi hermano, que es economista, hace las sumas de cabeza? No ¿verdad?

Pues a ver si nos damos cuenta que las comparaciones, no son solo de muy mala educación, es que además duelen.

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Empecé en esto de las comparaciones desde que mis hijos decidieron asomar la cabeza al mundo.  Ya he contado en alguna ocasión que nacieron en la semana 29, con apenas 1 kilo. Creo que todo el mundo se puede imaginar el horror de aquellos dos primeros meses en el hospital. Solo mardín y yo podíamos entrar media hora por la mañana y media por la tarde, para verlos. Cuando alguien me preguntaba cómo eran, yo contestaba: “Coge un paquete de arroz. Eso es lo que pesan mis hijos”.

Gracias a Dios, todo salió bien y por fin llegaron a casa. Recuerdo que me paraban mucho por la calle, (cuando vas con dos pasa a menudo) y me preguntaban cuanto tiempo tenían. Al principio decía la verdad, su edad real, pero siempre me encontraba con caras de sorpresa. Mis hijos eran muy pequeños  y con 4 meses parecían recién nacidos. Así que harta de dar explicaciones sobre su prematuridad, empecé a  fabular. Al principio decía su edad corregida, que eran dos meses menos, pero entonces le cogí el gusto al mundo de la mentira y sin ningún tipo de  mala conciencia soltaba lo primero que se me venía a la cabeza.

Recuerdo una señora impertinente que me contó todo el parto de su hija y todas las virtudes de su nieto. Los trastis tenían entonces 8 meses; pero yo le solté a aquella abuela amantísima que los herederos tenían 3. Y me quede tan pancha. Hala, ahí lo llevas. Todavía me estoy riendo de la cara de absoluto desconcierto al ver lo enormes que eran mis hijos.

Porque mis hijos eran pequeños, si, pero nadie sabe el dolor que pasé durante aquellos dos meses en el hospital. Porque hay niños que, como los míos, se ponen a andar a los 15 meses y no antes; y eso no significa que hagan las cosas peor. La pediatra me lo repetía sin parar: “Cada niño  lleva su ritmo, no te preocupes”, pero a mí siempre me acechaba la duda de si no hacían esto o lo otro debido a su gran prematuridad.

Así que cada vez que venía otra madre exhibiendo las múltiples virtudes de sus hijos, yo me ponía mala, y como un mecanismo de defensa, cuando se iba,  le sacaba algún defecto:

Si, tu hijo duerme mejor que los míos, pero a ti te huele el aliento. O; si, tu hijo ya se pone de pie, pero tu llevas el pelo sucio y eres más fea que pegar a un padre. Y así hasta que mi orgullo de madre dejaba de estar herido y daba paso a la mala baba que mi mente generaba contra aquella madre, que no le importaba pisotear mi  autoestima maternal, con tal de que su hijo quedara por encima de los míos.

Las comparaciones son odiosas, pero es que además pueden crear etiquetas a los niños que les marquen de por vida.  En  una ocasión, mi tía abuela le dijo a mi madre que mis hermanos mayores eran mucho más simpáticos que mi hermano el pequeño y yo.  Con esa mala leche que solo puede tener una tía abuela que te ve solo en verano y que pretende que te deshagas en cariños con ella sin apenas conocerla. Yo me lo creí. Incluso creo que hasta potencié esa idea de antipática, hasta que muchos años después, alguien me dijo lo contrario y a mi hasta me sorprendió oírlo.

Así que, por favor, si en alguna ocasión tienes la tentación de chulear de hijo, hazlo. No te preocupes que a todas nos gusta presumir de lo mejor que tenemos en la vida; pero por favor, cuida mucho lo que dices, cómo lo dices y sobre todo delante de quien lo dices. Y la carita de superioridad, si es que la pones, la vas quitando, que esa sí, no te hace mejor persona.

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