El privilegio de hacer lo que amas

Siempre había pensado que cuando tuviera hijos los llevaría a un súper colegio bilingüe que les preparara para un futuro cada vez más competitivo.
Sin embargo, llegado el momento, maridín no era un alto ejecutivo que se codeaba con las tarjetas black y yo ni si quiera trabajaba. Así que, las opciones se redujeron a los tres colegios públicos que hay por mi zona. Entonces cambiaron mis preferencias. Imposible averiguar cuál era mejor, me centré en elegir un colegio en el que mis hijos fueran felices. El que tuviera las clases más amplias, el que tuviera los columpios más chulos, el que tuviera fama de buena comida y cosas así. Lo que terminó por ayudar a decidirme, fue la entrevista con la directora. Algo de lo que dijo me trasmitió que los niños le importaban de verdad. Y no me equivoqué.
Entonces conocí a Paco. Y descubrí un profesor diferente a lo que yo recordaba de mi infancia. Y no puedo estar más contenta. No sé si mis hijos llegaran a ser bilingües, pero Paco, su profe, se que les va a enseñar una lección de vida muy importante.
Lucha por lo que quieres y ama lo que haces y con eso estoy segura que llegarán a ser felices, que es lo que de verdad importa. Y ahora no lo cambio por ningún colegio elitista del mundo. Os dejo con una historia que hace reflexionar, en la sección Artista Invitado. Os va a gustar.

“Conozco a Gemma. Soy el maestro de sus churumbeles, la princesa y el pirata.

Yo solo soy un tipo afortunado que apostó por un sueño, salió mal y un día se vió, ya mayor, en una fabricucha de tantas. Me encabezoné y estudié para conseguir salir de allí, y como he tenido tanta suerte, la aprecio cada dia y a cada minuto que pasa.

Solo es eso. Nada más.

Esta es la historia de alguien que tiene el privilegio de hacer lo que ama. Queda muy bonito lo de decir que enseñas por vocación, pero en mi caso sería mentira. Yo quería ser un guitarrista famoso de banda de Heavy Metal que viviera de su música, de sacar discos y hacer conciertos. No lo logré. Bueno si, saqué discos e hice conciertos, pero no me comí un colín. Un día me vi con 30 años y sin estudios, en una fábrica. Lo había apostado todo a una sola carta y perdí. Podría decir que no me arrepiento, que era lo que deseaba y tenía que intentarlo, pero lo cierto es que pienso que la fastidié. Hacer algo cada día que no te gusta es un castigo. Y es para toda la vida.

Cuando era joven era incapaz de imaginar lo que pasaría. Ni lo pensaba. Solamente quería cumplir mis sueños y no me planteé la posibilidad de que fuera a ir mal. El caso es que parpadeé y ya llevaba diez años en esa fábrica, sin sueños y sin ilusión. Me sentía un perdedor y pasaba los días en aquel lugar, sucio, ruidoso, con un jefe detrás de mí que se encargaba de recordarme que encima era afortunado porque podría perder ese trabajo en cualquier momento. No era afortunado, sino desgraciado. Me quejaba a todas horas, solo veía lo malo: el horario, el sueldo, la ausencia total de esperanza… A la hora de la merienda nos sentábamos y yo me quejaba. Así cada día. Durante años.

Un día un compañero se hartó de mí y mis quejas y me retó a que, si no me gustaba lo que tenía, hiciera algo por cambiarlo. Me dijo algo así como “imagínate a ti mismo dentro de cinco años. ¿Cómo te ves? Pues hala, tienes cinco años para conseguirlo”. Y aquello lo cambió todo. Me imaginé de maestro, con niños pequeños,  y cinco años después era maestro y funcionario.( http://pacoeldelcole.com/)

Me harté de quejarme y decidí hacer algo. El caso es que estudié en secreto y salí de allí para tener un trabajo que me ilusionara. Lo que yo hacía en la fábrica podría hacerlo cualquiera. Lo que yo buscaba era un trabajo donde no fuera lo mismo que lo hiciera yo o lo hiciera otro. Ser maestro es mi pequeña contribución al futuro, mi manera de dejar algo de mí en mis alumnos.

aula

Ahora tengo la inmensa suerte de hacer algo que me encanta. No lo cambiaría ni por ser músico famoso de rock, ni por ser empresario de mucha pasta, ni lo dejaría aunque me tocara la lotería. Es una de mis mayores fuentes de ilusión y entusiasmo.

Por eso tengo cada día una meta: que sea distinto al anterior. El cole no puede ser como la fábrica. Siempre debe haber cosas nuevas que nos motiven, a ellos y a mí, a ir con ganas e ilusión. Cueste lo que cueste. Si yo caigo en el tedio, se lo transmitiré a los niños. Si no me lo paso bien es imposible que ellos lo hagan. Lo más importante es que la escuela sea algo divertido, un sitio al que vayan cada día a gusto, igual ellos que yo. Cuando uno va a gusto está receptivo, con ganas de aprender y hacer cosas. Si uno va aburrido, sin ilusión, pensando que va porque tiene que ir pero no porque quiere, pone una barrera entre sí mismo y las experiencias, los aprendizajes, las relaciones con los demás…

Mis alumnos son mis amigos. A veces se equivocan y se dirigen a mí como “papá” y a mí se me pone sonrisa boba de enamorado. Haría cualquier cosa por ellos. No les pienso fallar.

Ellos no tratan de aparentar ser otros, ni ser mejores, ni ser más guapos, ni estar más delgados, ni nada de esas historias. Son ellos y nada más. Les preocupan cosas realmente importantes, como el chocolate, jugar, los dibujos animados, las princesas… No necesitan buenos coches ni un chalet, ni ganar más, ni les preocupa lo que digan las demás personas.

Uno debe ser el que es, creer en lo que cree, no avergonzarse de esas pequeñas cosas que nos hacen especiales. Siendo yo, soy más divertido, más real, no tengo porqué parecer nada. Ahora, desde hace años, todos en el cole saben esas cositas de mí, que soy músico, que me va el rock, he montado conciertos con los niños, hemos hecho playbacks divertidos, bailamos en clase… No es que quiera que sean como yo, ni que les guste la música que a mí. No. Es que me muestro, me ofrezco, ellos me aceptan, me quieren y me comparten. Eso, saber que me quieren por quien soy realmente, me llena como pocas cosas en la vida. A mí me pasa lo mismo con ellos: no quiero que sean otros, les quiero tal cual son. Les dejo que elijan lo que les gusta y lo que no, lo que quieren y lo que no, y aplaudo cuando se rebelan contra lo que sienten que es injusto. Así deberíamos ser todos: libres, reales.  Y menudo privilegio el mío, en este mundo de los adultos donde nos pasamos el día intentando aparentar ante el resto que somos mejores y más felices de lo que somos en realidad… en mi casa puedo ser yo, en mi trabajo puedo ser yo, en el coche soy yo… solo tengo que aparentar en la cola del supermercado.”

 

 

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