Niños prematuros. Nunca te rindas.

Ni se sabe el tiempo que hace que no escribo por aquí, sigo viva, por si alguien se lo pregunta, lo que pasa es que la tienda www.mamatodoeldia.com, los trastis, maridín, mis labores de mamá todo el día y demás, me dejan el tiempo mínimo para acordarme que yo solía escribir por aquí mis aventuras/desventuras de madre.

El 17 de noviembre fue el día mundial de los niños prematuros. La cantidad de veces que he querido contar mi experiencia con los trastis. No sé muy bien si para dar esperanzas, para dar testimonio, o simplemente como manera de sacar ese miedo que todavía hoy, 6 años después, me acecha de vez en cuando.

Yo me quedé embarazada a los 40. Después de dos inseminaciones, 3 transferencias, 2 abortos, y 2 operaciones de matriz. En el último cartucho, cuando de los 6 embriones sanos y perfectos que habíamos conseguido, ya solo quedaban dos. Los últimos, los mejores, los definitivos. Pánico tenía que aquello fallara otra vez; pero no, en el último minuto del partido, mis trastis se agarraron a mí, y aquello salió, por fin, adelante. Tengo que confesar, que el pasar por un tratamiento de fertilidad es de todo menos bonito. Fue duro pero, la verdad, desde que empezamos maridín y yo esa aventura, siempre pensé que lo conseguiría.

Me acuerdo que por aquel entonces solía pensar: “Lo voy a lograr, me va a costar, pero lo lograré”. Como todo en mi vida. Siempre ha sido así. A mí las cosas me cuestan mucho, pero al final no se si por cansina, las consigo de una forma u otra. Y el asunto de la maternidad, no iba a ser diferente.

Bueno, al lio. Mi embarazo digamos que fue, complicadito, por así decirlo. No recuerdo ni un solo día bueno, excepto por el estado de felicidad absoluta en el que me encontraba. La cosa empezó a complicarse en el 6 mes, cuando yo engordaba con solo mirarme al espejo. Madre mía, llegué a pensar que una señora gorda y con cara de mala leche, vivía en mi espejo, porque esa, no era yo. Ni de coña era yo. 21 kilos en 7 meses. Cara deformada, 2 tallas más de zapatos, nudillos inexistentes, imposible caminar más de 15 pasos seguidos sin desfallecer.

Y así llegué, a duras penas, al 7 mes; con una retención de líquidos tal, que daba miedo verme. De repente, proteína en la orina y eclampsia al canto. 41 años. Gemelar, primeriza y con tiroidismo como enfermedad autoinmune. Tenía todas las papeletas y por más que me cuidé, mi cuerpo no pudo con aquello. Y exploté. Recuerdo aquella noche con horror. Contracciones a cada rato, no dolían en exceso, pero me ahogaba y no podía respirar cada vez que aquello pasaba. A las 8 de la mañana llamé a la comadrona y me dijo que fuera al hospital. Maridín de viaje. Y yo con la tranquilidad absoluta de la ignorancia, pensando que aquello era normal. Pues no, no lo era. Resumiendo, pasé la mañana allí, y a eso de las dos de la tarde, mi cuerpo empezó a convulsionar, me ahogaba y perdí el conocimiento. Me dijeron que me volví morada. Me salvé porque estaba allí. Al lado del quirófano. Si me hubiera pillado en el ascensor, ninguno de los 3, lo hubiéramos contado.

Desde los 8 años quería ser madre. Había imaginado/ visualizado tantas veces el momento del parto; que jamás puse en duda, que yo viviría ese momento. Pero nadie me puso a mis bebes encima para hacer piel con piel. Maridín no estaba mi lado para celebrar juntos que por fin éramos padres, nada de emoción al ver sus caras por primera vez. Nada de vellos de punta al oír su primer llanto. Nada.

Me desperté preguntando por ellos. Solo acertaron a decirme que eran muy pequeños. Solo acerté a decir: “Ya, son pequeños, pero ¿cómo están?”. Nadie contestó. La princesa pesó 1050 gr. El pirata 1200 gr. A mí me subieron a la UCI y pedí algo para el dolor.

Lo que vino los dos meses siguientes, fue una de las experiencias más duras de mi vida, que solo pude soportar gracias a ese optimismo/ ignorancia que yo misma intentaba ponerme de escudo. Pero lloré. Lloré mucho y sufrí más. Por fin lo había conseguido. Ya era mamá; pero no podía cogerles en brazos, no podía calmarles cuando lloraban, ni siquiera podía verles la cara porque los dos estaban entubados. Y yo lloraba. Y maridín no sabía que decirme. 80 km todos los días para poder verles. Para llorar junto a ellos. Para pedirles que resistieran. Para recordarles que esa no era su casa, su mundo, que sus padres les estábamos preparando un hogar y que no podían perdérselo. Que duro es ser madre y no poder disfrutarlo. Y cada día entraba en aquella sala con el miedo de no saber qué es lo que me encontraría. Un pasito para delante y dos para atrás. De repente avanzamos cinco y retrocedemos tres. Todo muy despacio. Creando un micro mundo alrededor de la incubadoras. Y con miedo, mucho miedo. Recuerdo el día de Navidad de 2013 como uno de los más felices de mi vida, cuando la pediatra de guardia se apiadó de mí y me dejó sacar al pirata de aquella cuna de cristal y cogerle en brazos apenas 10 minutos.  55 días después de que llegara al mundo. Para coger a la princesa, tuve que espera algo más.

Hasta que un día, 65 días después de que nacieran, nos llevamos a mi niña a casa. Con apenas 2 kilos. Tres días después llegó el pirata. Por fin, por fin estaban con nosotros. Pero todo no había acabado allí, porque entonces empezamos la estimulación temprana, las visitas al fisio, los controles de oído, de vista, de digestivo, la intolerancia a la proteína de la vaca, darles omeprazol, hierro, vitamina D, y todas las semanas las visitas a un médico u a otro. Y mis hijos seguían siendo muy pequeños. Recuerdo las veces que me preguntaban cuanto tiempo tenían. Empecé diciendo la edad real; pero eran tan pequeños, que la reacción de la gente no era precisamente algo bonito; así que me metí en el mundo de la mentira de lleno. Empecé diciendo su edad corregida, 2 meses menos, y acabé diciendo lo primero que se me pasaba por la cabeza. Sin piedad. Y riéndome de sus caras de asombro.

Y poco a poco mis niños fueron creciendo. Y ya tiene 6 años. Y ahora miro atrás y pienso en mi teoría de vida. La de que yo consigo las cosas siempre, pero con mucho esfuerzo. Con muuuuuucho esfuerzo. Y todavía hoy, a veces me descubro comparándolos con otros niños de su edad, pensando si ya hacen y son, como cualquier niño de 6 años, o todavía no han llegado a su edad real. Y doy gracias a Dios por tener a unos trastis luchadores, por vivir en el primer mundo, por estar en el hospital en ese preciso momento y que no me pillara en el coche o por la calle.

Y maridín y yo tenemos una frase que nunca nos cansamos de repetírsela a nuestros hijos. “Nunca te rindas”. En esta familia nadie se rinde. Ellos no lo hicieron y nosotros tampoco.

Es como nuestro lema familiar. Hasta el punto de que cuando el pirata juega a peleas con su padre y este le dice: “¿Te rindes?”, mi niño le contesta “nooooooooo, nunca”. Y yo pienso: Es verdad, nunca te rendiste y nunca lo harás. Son prematuros y eso estoy convencida que puede ser una ventaja, ya saben lo que es luchar y que salga bien; así que ese aprendizaje ya lo llevan de serie. Un punto por encima de los demás niños. De algo tenía que servir tanto dolor.

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