No me gustan los parques. Hala ya lo he dicho.

No me gustan los parques. Hala ya lo he dicho. Y se de buena tinta que no soy la única.

Y a pesar de eso, me conozco tooodos los parques de la contornada. Que una antes planeaba viajes para ver mundo y desde que es madre, se conforma con salir de casa para conocer nuevos columpios y toboganes. Para lo que hemos quedado.

El parque me estresa.  Me paso el rato corriendo de un lado para otro. Falta que uno quiera subir al tobogán, para que el  otro quiera ir al columpio más lejano, ese donde nadie va; el que está en el quinto pino y donde no hay visibilidad alguna para vigilar al otro heredero.

Ya digo, estresante.

Y luego están  los niños pandilleros. Y sus madres/ padres. Un clásico.

Que todo infante lleva un pequeño pandillero dentro, lo sabemos. Hasta los míos se meten en peleas encarnizadas por una mísera pelota. Ojalá les llevara tanto la vida en ello cuando se trata de recoger su habitación.

Que algún niño es pandillero y vive su pertenencia a grupo no deseado, con total libertad de movimiento y a sus padres les trae al pairo, también.

columpio.mamatodoeldia

Sin ir más lejos, la semana pasada estabamos en el parque con unos amigos de los trastis. Allá donde van mis hijos con sus amigos, en total 5 niños de 3 años, aparece dando por rasca un infante de unos 10 años. De momento parece que está reconociendo a la presa porque lo único que hace es ponerse en medio y molestar, sin atacar directamente. Los padres están lejos, disfrutando de un almuerzo de capitán general con sus amigos. A su hijo, ni lo miran.

No exagero cuando digo que durante más de media hora, donde iban los niños aparecía él. Mascándose la tragedia; porque yo reconozco que, cuando tocan a mis hijos me quedo sin amigos, sin educación y sin perrito que me ladre. Vamos que soy la choni numero uno defendiendo a los míos. Sin medida. Y sin remordimientos.

La princesa se sube a unos neumáticos que están apilados para poder escalar  y al segundo menos cuarto aparece el futuro delincuente y pegando un salto se sube arriba del todo. Casi parece que ha levantado polvo con los pies de lo rápido que ha llegado hasta allí desde la otra punta.  El coyote versión infantil. No pisa a  mi niña por un pelo  y poco le importa que aquel columpio este ocupado por una cría 7 años menor que él.  En ese momento noto que la sangre se me agolpa en la cabeza. Se me está hinchando la vena. Los padres del niño matón, ajenos a todo lo que su descendiente es capaz de hacer, ríen y beben con sus amigos. Que yo no estaría tan tranquila teniendo algo así en casa. Mi amiga Nuria me mira con cara de circunstancia.

La princesa comienza a chillar diciendo que ella quiere subir. Yo reflexiono sobre lo de dar ejemplo y no perder los papeles, pero aquí, entre nosotras, lo que me apetece es coger al niño por el brazo y sacarlo de allí con un guantazo.

En vez de eso me dirijo a él, eso sí, con cara de mala leche, que esa no la puedo evitar y le digo que allí estamos nosotros y que espere su turno; a lo que me contesta que él estaba allí pero  que va y viene.  Va a resultar que es hijo del registrador de la propiedad y se cree que el columpio es suyo. Y entonces entro en una conversación absurda con un niño de 10 años. Yo, os recuerdo, tengo 44.

-Pues por eso mismo, porque como vas y vienes, te has ido y ahora estamos nosotros. La niña es pequeña y le puedes hacer daño, así que te esperas.

Pero aquí el niño no se corta un pelo, me mira desafiante y sigue sin bajarse. La princesa sigue gritando. Y a mí no me da la gana de largarme de allí.

-Vamos, cariño podemos jugar igualmente, mamá te ayuda a subir.

Así que nos enfrentamos en duelo el niño de 10 años, allá en lo alto desafiante sin mover un pelo de su cuerpo, (que ya ves que gracia tiene estar allí subido impávido mirando el horizonte) y yo, madre entrada en la cuarentena, que por mis santos ovarios no iba a dejar que a la princesa se le negara la oportunidad de aprender a escalar. Con lo que le gusta a ella. Así, ayudándola, llega hasta arriba, baja y nos vamos. No pasó más de un segundo para que entonces sí, el preadolescente, bajara. Consciente que ya no molestaba a nadie. Tócate las narices.

Decirme o no si estas situaciones son normales. Ir al parque a veces se parece demasiado a un entrenamiento para la vida de adulto. Te lo pasas bien, juegas y aprendes; pero siempre hay un tocapelotas que te tira arena en los ojos, intenta robarte tus propiedades, léase juguetes, o no respeta tu espacio vital avasallando allá por donde va.  Y lo peor, la policía, en este caso los padres, nunca está cuando se les necesita. Un entrenamiento muy duro para el día de mañana que a mí me deja exhausta. Por eso no me gustan los parques.

6 Comments

  1. AMEN…..muy bueno….yo no odio los parques (bueno si) odio a los demás niños (bueno no) a los que sus padres no se molestan en educar Deberias leer mi post de “educar con el corazón y la razón”. ..me apunto a leer más verdades que nadie se atreve a gritar.

  2. Muy bueno yo tb soy como tu…… Jejeje me he sentido identificada 100% el otro día hablando con otra mama me dijo hay más padres pasivos que niños hiperactivos y que verdad!!!!

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