Operación pañal

Más que operación pañal lo nuestro ha sido operación fuga de alcatraz.

Y digo fuga por dos cosas. Una,  por la inevitable referencia a las múltiples “fugas de pipis y cacas” y otra, porque me llegué a plantear muy seriamente escapar de mi casa y no volver hasta que los trastis cumplieran 18 años, que para entonces está claro que controlaran los esfínteres.

La verdad, la operación pañal no ha sido ni mejor ni peor de lo que me esperaba. Vamos, que ha cumplido todas las expectativas.  Duro al principio (durísimo)  y cada vez mejor poco a poco (afortunadamente).

Lo peor, permanecer enclaustrada en casa todo el fin de semana. Mi maridín pregunto mil veces si de verdad no podíamos salir, hasta que se percató que sí, que era inviable salir y llevar una maleta entera de mudas. Mi hija preguntando por todas y cada una de las personas que conoce, las abuelas, el abuelo, los tíos, sus amigos…”alguien” que tuviera a bien, venir a hacerle una visita y así distraerse un rato. Y mi niño, directamente me cogió de la mano, me llevo a la puerta y me dijo:

-mamonos ya (vámonos ya)

Efectivamente y tal y como prevenía, el sábado nos fuimos a vivir al baño, acabábamos antes. De hecho, montamos allí un fuerte totalmente equipado. Adaptador para el wáter, orinal para no tener que hacer turnos y poder evacuar a la vez, (esto me costó darme cuenta, pero fue la clave del éxito), cuentos varios de Pepa pig, pegatinas con caritas sonrientes, pedazo cartulina para ir pegando dichas pegatinas, toallitas y botellita de agua para ayudar al asunto.

Y con todo esto,  empezamos un fin de semana estupendo a lo gran hermano. Juntitos en casa, sin salir y con  una tensión que cada vez era más creciente. Eso sí, puedo asegurar que nuestra situación no la magnificamos, fue dura, si o si. Y a pesar de que estuve más liada que la pata de un romano y que tanta muda no me dejó hacer nada más,  he observado varias cosas este finde.

niño orinal.mamatodoeldia

La primera, que las mujeres llevamos en nuestro ADN eso de que al baño se va mejor de dos en dos.   ¿Para qué? Pues para nada en especial, para dar apoyo moral.  Un estado así, que en la vida podría pasar sin pena ni gloria; en compañía, puede servir para unir lazos. Cada vez que el pirata iba al baño, la princesa iba detrás.  Se ponía a su lado, le tocaba la cara, le daba un abrazo, le acercaba un cuento o le ofrecía una galleta.  Mi niño, no acertaba ni una ante tal demostración de compañerismo en el momento más inoportuno. Lo más llegó, cuando intentó limpiarle el culete, levantándole por detrás mientras el pirata intentaba hacer pipi.  Ni que decir tiene, que al pobre niño se le acabó toda intención de evacuar.

A la cuarta vez que mi niña le corto el rollo al pirata, opté por llevarlos a la vez. Uno en el wáter y otro en el orinal. Y así, juntos, pero cada uno en lo suyo, la cosa empezó a ir mejor.

El segundo descubrimiento es que da igual lo que su madre les prepare para motivarlos, que ellos hacen lo que les apetece. Con el primer pipi de la mañana de la princesa, saco las pegatinas y le digo que ponga una en el mural, como premio.  Alma de cántaro. ¿Una?, agarró las tres hojas de pegatinas y fue corriendo a enseñárselas al hermano. Las pusieron por todas partes menos en el pedazo mural que había preparado para premiar sus “aciertos”. Tanto, que me tocó esconder algunas para poderlas sacar cada vez que iban al wáter. Y por supuesto, con cada pegatina, una pelea para que no cogieran todas las demás. Que como no teníamos bastante con cambiarles de ropa cada media hora,  había que añadir más tensión al asunto.

Lo mismo con lo de tirar de la cadena. Un poco mas y viene el seprona a por nosotros. Imposible hacerles entender que “solo” se tira de la cadena cuando uno hace algo dentro.

En cuanto me daba la vuelta, apretaban el botón. Ya veremos cuando venga la factura del agua…

Y luego vieron los daños colaterales.

Por un lado, un constipado de un par de narices de los trastis, que no paran de tirar mocos verdes por todas partes y de paso de mi misma. Es lo que tiene la convivencia tan extrema, que todo se pega.

Y por otro, una lavadora entera de color malva. Un color malva maravilloso y muy de moda, pero malva al fin y al cabo. Nadie puede dudar que los calzoncillos de mi niño no son modernos. Seguro que es el único de su clase que tiene calzoncillos directamente importados del Vogue. Y todo vino porque cuando llevaba 3 lavadoras y los nervios de punta, se me coló un pantalón que acababa de teñir de azul marino. Entonces fue cuando entré de lleno en el mundo de las tendencias vía operación pañal.

Y por lo demás, pues lo normal, prueba- error, prueba- acierto. Y ayer me cuenta la seño que en la guarde lo hicieron realmente bien. De hecho, la princesa llevaba la misma ropa que por la mañana. Eso sí, cuando llegamos a casa, la cosa cambió y volvimos a la guerra. 10 cambios en dos horas. Por si me había creído que la cosa iba a ser tan fácil.

¿Alguien dispuesto a darme ánimos para lo que me espera en las próximas semanas? Por favor, decidme que esta locura se acabará, que no me da la vida para tanto.

 

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