Yo confieso.

Hoy quiero confesar que estoy algo cansada. Gran frase de la Pantoja que hoy me viene como anillo al dedo. Esto de ser mamá todo el día es una carga que a veces pesa demasiado.

Soy una madre muy imperfecta pero, de verdad, que ganas y dedicación le pongo un rato.

Confieso que mis hijos duermen conmigo de vez en cuando. Si, creo que dejarán de hacerlo cuando les apetezca. No, no matamos a nadie, solo sobrevivimos e intentamos descansar.

Confieso que me encanta estar con los trastis, perooooo que sueño con una cena romántica con maridín los dos solos. Y si, siempre se interrumpe ese sueño por un grito de uno de mis infantes diciendo ¡!!!!!mamaaaaaaá!!!!!.

Confieso que mis herederos son cada vez más responsables; pero que me sigo duchando en apenas 3 minutos porque tengo pánico a salir y encontrarme con una hecatombe en el salón.

Confieso que mis hijos no comen solos. Si, saben hacerlo perfectamente, pero por la armonía familiar y mi apreciada paz interior, aquí la susodicha prefiere, a menudo, ponerles la cuchara en la boca a que la hora del alimento se convierta así, sin quererlo, en tres horas diciendo vengaaaaa comeeeeee y yo acabe como si hubiera corrido una maratón a la pata coja.

Confieso que me equivoco a cada rato en su educación, y a veces también acierto, pero que me toca mucho los ovarios que me digan lo que tengo o no tengo que hacer con la princesa y el pirata.

Confieso que si, quería ser madre por encima de todo; pero la pérdida de identidad cuando nacieron fue tan brutal, que todavía ando buscándome a mí misma.

Confieso que les he enseñado a vestirse solos y que a veces, sin embargo, termino ayudándoles a hacerlo para que terminen rápido. No tengo la paciencia de seguir su ritmo sin prisas, sin estrés y sin sentido del tiempo.

Confieso que veo a mis hijos los más guapos del mundo; y que no, yo no voy en consonancia, porque cada vez me veo más cara de cansada. Estoy agotada.

Confieso que a veces mientras mis hijos están en el cole, yo oigo un grito llamándome dentro de mi cabeza y cuando corro hacia su cuarto, me doy cuenta que estoy sola. Sí, todo apunta que me estoy volviendo paranoica. Cuanto antes lo asuma, mejor.

Confieso que me encanta ir con los trastis en el coche, con la música a todo volumen y cantando los tres como locos. Cada vez que lo hacemos, pienso que esos son los momentos que siempre recordaremos y nos llenaran de nostalgia. Sin embargo, confieso que en cuanto puedo quito las pilas a todos los juguetes que hacen ruiditos varios porque no los soporto y que miento como una bellaca, delante de mis hijos, diciendo que  aquello ya no funciona.

Confieso que grito demasiado y que me torturo a mi misma cuando lo hago.

Confieso que me encanta ser madre; pero que a veces me gustaría salir corriendo.

Confieso que fantaseo con la soledad; pero que soy incapaz de pasar un solo día sin ellos.

Confieso que me miro en el espejo y sigo sin reconocerme. Este no es mi cuerpo. Esta no es mi cara. Esta no soy yo. Confieso que se me olvida cuando mis niños me dan un abrazo “de los que rompen”.

Confieso que dudo muchas veces si estoy haciendo bien esto de ser madre. Y que siempre acabo contestándome que mis hijos son felices y que eso es lo que importa.

Confieso que odio cuando mis hijos están en modo anti-sistema y se tiran al suelo a la primera que les llevas la contraria. Las dosis de paciencia extra tienen un límite, como casi todo.

Y si, confieso que me muero de ganas de que crezcan para tener más libertad de movimiento y vuelvo a entrar en estado de pánico cuando pienso que crecerán y se marcharan de mi lado.

Así es la maternidad, la contradicción es estado puro. La lucha por el amor que sientes por ellos y el cansancio infinito que hace que solo quieras escapar.

Así es ser mamá todo el día. Y confieso que es maravilloso.

 

3 Comments

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *